Premio a la vida y obra
de un periodista


Antonio Caballero Holguín

Antonio Caballero Holguín

Señoras y señores, amigos y enemigos: Me cae este Premio Simón Bolívar como hubiera podido caerme un tiro. No lo digo porque me disguste, ni mucho menos, sino porque esto es Colombia, donde se pegan tiros con la misma naturalidad con que se dan premios. Borges dijo: “Soy de un país vertiginoso donde la lotería es parte principal de la realidad”. En ese país vertiginoso vivimos todos los colombianos: los que estamos aquí y los millones que hay en torno: ricos y pobres, asesinados y asesinos; y conocemos, para seguir con el texto de Borges, “lo que ignoran los griegos: la incertidumbre”. Pasamos, de la miseria a la riqueza, de la riqueza al secuestro criminal, de la honra a la deshonra y, a veces, un juez sin rostro nos manda matar o nos manda premiar. A mí esta vez me tocó en suerte el premio. Y el premio añadido al premio a que haya venido a entregármelo en mano la escritora Carmen Posadas. Se llama Premio a la Vida y Obra de un Periodista... lo de la “obra” me parece un exceso, en cambio encuentro adecuado lo de la “vida”, de periodista. Eso he sido desde la adolescencia y casi en todos los campos en que se ejerce el periodismo: locutor de radio, redactor de agencia, columnista de revista y caricaturista de periódico.

Caricaturista: ya una vez, hace bastantes años, recibí este mismo Premio Simón Bolívar en la modalidad de caricatura de prensa, y este de ahora me parece una reiteración de aquel, como un premio repetido. Porque, aunque a menudo se ha pretendido descalificarme en cuanto a periodista de opinión, llamándome con desdén simple “caricaturista”, acepto la definición con orgullo. Ese ha sido desde los catorce años mi primer y más constante oficio. Caricaturista en el sentido estricto: uno que hace dibujos chistosos o grotescos, y caricaturista también en un sentido más amplio: uno que cuando describe la realidad simplifica y exagera... Creo que todo periodista es un caricaturista (bueno o malo, es otro cuento).Y creo que todo escritor es un caricaturista, sea cual sea su intención al escribir...

Tal vez estoy haciendo demasiadas citas literarias pero se me reconocerá, espero, que son todas citas fáciles: las que conoce todo el mundo. Defiendo la caricatura porque ayuda a entender la realidad como ayuda a entenderla un mapa a escala...En mi opinión la crítica siempre es sana y necesaria, aunque sea malévola y aunque sea destructiva, pues muchas cosas merecen ser destruidas... Soy un crítico, pues. Lo he sido de casi todo. Crítico de toros, crítico de arte, crítico de literatura y crítico de política. Más exactamente, crítico del poder. Y más exactamente aún, crítico obstinado de eso que los ingleses llaman el “Establecimiento”: ese armazón de clase, ideología e intereses que constituye el trasfondo y el motor del poder. Lo he sido con todas las contradicciones que conlleva el criticar al Establecimiento desde su propio seno, en el que nací y en el que siempre he vivido. Porque, por razones de privilegio, he tenido desde muy joven la oportunidad de criticar sin contemplaciones al Establecimiento colombiano desde los medios de prensa del mismo Establecimiento (por lo cual, naturalmente, he sido muy criticado también yo). Con excepción de la revista Alternativa, que hice en los años setenta, en compañía de otros miembros rebeldes del Establecimiento, de sindicalistas y de subversivos clandestinos; y del Cambio 16 de España de los primeros tiempos, que eran los tiempos del antifranquismo con Franco vivo, ninguno de los medios de prensa en que he colaborado puede ser considerado crítico del Establecimiento, ni aun en el más laxo sentido del adjetivo “crítico”.

La BBC de Londres, la revista inglesa The Economist, la Agencia France Presse y, en Colombia, periódicos como El Espectador y El Tiempo y revistas como Cambio y Semana, y en mi juventud Cromos... Ahora me dan este premio por haber criticado toda la vida lo que estos premios significan y me criticarán por recibirlo. Unos dirán: “vendido”. Y otros dirán: “comprado”. Probablemente tenía razón el surrealista Paul Minan cuando decía, hablando de cosas parecidas: “No basta con rechazar la Legión de Honor. Además, es necesario no haberla merecido”. Sin embargo, no rechazo este premio. Me parece que, si el jurado ha juzgado que lo merezco, debo aceptarlo. La suma de las dos cosas, otorgamiento y aceptación, se me antoja útil en este país envenenado por la intolerancia: porque es una demostración de tolerancia.